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Reggie Burrows Hodges: La emergencia de lo visible

Publicado el: 21 Febrero 2025

Por: Hervé Lancelin

Categoría: Crítica de arte

Tiempo de lectura: 8 minutos

En los lienzos de Reggie Burrows Hodges, las figuras emergen de un fondo negro como apariciones luminosas, creando una danza sutil entre la presencia y la ausencia. Su técnica única transforma cada obra en una meditación profunda sobre la naturaleza misma de la percepción.

Escuchadme bien, panda de snobs. Si creéis haberlo visto todo en materia de arte contemporáneo, preparaos para una bofetada monumental. Reggie Burrows Hodges está sacudiendo nuestras certezas sobre la pintura con una audacia que haría temblar vuestras pequeñas sensibilidades bienpensantes. No es casualidad que sus obras se encuentren hoy en las colecciones del Metropolitan Museum of Art, del Whitney Museum y del Stedelijk Museum de Ámsterdam. Pero atención, aquí no me interesa el éxito institucional. Es la manera en que este artista reinventa nuestra relación con la visión, la memoria y la identidad.

Comencemos por el principio: el negro. No un negro cualquiera, no un negro decorativo ni simbólico, sino un negro fundamental, ontológico. Cada lienzo de Hodges comienza en la oscuridad total. Es su punto de partida, su matriz originaria. Y es ahí donde las cosas se vuelven apasionantes, porque ese negro nos remite directamente a las reflexiones de Maurice Merleau-Ponty sobre la percepción. El filósofo francés nos enseñó que ver nunca es un acto pasivo, sino una experiencia encarnada que compromete todo nuestro ser. En “Lo visible y lo invisible”, escribe que la visión es una “palpación por la mirada”. ¿No es exactamente eso lo que experimentamos ante los lienzos de Hodges?

Tomemos “Community Concern” (2020), donde una bailarina emerge de la oscuridad en un torbellino de colores pastel. Su cuerpo no está simplemente representado, se materializa ante nuestros ojos como una aparición. Merleau-Ponty hablaría aquí de la “carne del mundo”, esa textura común al que ve y a lo visible. Los contornos difusos de la figura, su rostro deliberadamente indistinto no son defectos de representación, sino la expresión misma de nuestra manera de habitar el mundo, siempre entre claridad y misterio, presencia y ausencia.

Este enfoque fenomenológico se encuentra en cada pincelada. En “Intersection of Color: Loge” (2019), los espectadores vestidos de blanco emergen del fondo negro como fantasmas luminosos. Sus siluetas se definen no por contornos nítidos sino por su relación con el espacio que los rodea. Esto es precisamente de lo que hablaba Merleau-Ponty cuando mencionaba el entrelazamiento del sujeto que percibe y el mundo percibido. En la obra de Hodges, las figuras nunca están simplemente posadas sobre un fondo, sino que están literalmente tejidas en la materia pictórica.

Esta dimensión fenomenológica adquiere una relevancia particular en sus escenas deportivas. En “Hurdling: Sky Blue” (2020), el atleta que salta una valla no está congelado en un instante fotográfico sino que existe en una duración, en un movimiento que involucra todo nuestro cuerpo como espectadores. Merleau-Ponty nos recordaba que el cuerpo no está en el espacio como una cosa, sino que habita el espacio. Las figuras de Hodges habitan verdaderamente sus lienzos, creando lo que el filósofo llamaba un “espacio vivido”.

Pero no se detenga en esta primera lectura fenomenológica, porque el trabajo de Hodges también resuena profundamente con el pensamiento de Walter Benjamin sobre la memoria y la imagen. En sus escritos sobre Baudelaire y la fotografía, Benjamin distinguía entre la memoria voluntaria y la memoria involuntaria. Esta última, decía, surge como un relámpago para iluminar el presente con una luz nueva. Los lienzos de Hodges funcionan exactamente así. Al hacer emerger sus figuras de la oscuridad total, reproduce literalmente el proceso de la memoria involuntaria.

Observe “Single Source” (2019), donde un jugador de tenis se inclina para recoger una pelota. La escena podría parecer banal, pero la forma en que emerge del fondo negro, como un recuerdo que se niega a definirse completamente, le confiere una dimensión casi metafísica. Benjamin hablaba del aura como “la aparición única de un lejano, por muy cerca que esté”. Esta definición podría aplicarse perfectamente a las figuras de Hodges, que son a la vez intensamente presentes y extrañamente distantes.

Esta tensión entre presencia y ausencia adquiere una dimensión particularmente fascinante en sus recientes series marítimas. En “Turning a Big Ship” (2023), los barcos y sus capitanes emergen de la oscuridad como recuerdos que se niegan a posarse. Benjamin veía en el desarrollo de la fotografía una pérdida del aura de la obra de arte. Hodges, al volver a la pintura y trabajar precisamente con lo indistinto, reintroduce esa aura en el arte contemporáneo.

Las escenas de “Labor” (2022-2023) llevan aún más lejos esta exploración de la memoria colectiva. Los trabajadores que emergen de los campos californianos son como figuras arquetípicas, presencias que trascienden la individualidad para alcanzar una dimensión universal. Benjamin habría reconocido aquí lo que él llamaba “imágenes dialécticas”, momentos en los que pasado y presente se solapan para crear una nueva constelación de sentido.

Pero lo que hace que el trabajo de Hodges sea realmente extraordinario es su capacidad para hacer dialogar estas referencias filosóficas con la herencia literaria de Samuel Beckett. Como el escritor irlandés, Hodges encuentra una forma de plenitud en el vacío, una presencia en la ausencia. Sus figuras sin rostro recuerdan a los personajes beckettianos, a la vez terriblemente concretos e irremediablemente abstractos.

En “Slumber Aura” (2022), una figura contempla su reflejo en un espejo sin que podamos distinguir su rostro. La escena evoca irremediablemente a “Film” (1965) de Beckett, esa exploración obsesiva de la percepción y del ser percibido. La cuestión central de Beckett, “¿cómo decir lo indecible?”, encuentra un eco visual en la técnica de Hodges. Empezando desde el negro total, parte literalmente del silencio, de lo inefable, para hacer emerger formas que permanecen siempre en parte inasibles.

Este enfoque beckettiano es particularmente evidente en la serie “Seated Listener”. Estas figuras inmóviles, absorbidas en la escucha, son como versiones pictóricas de los personajes de “Compañía” o de “El innombrable”. Habitan un espacio incierto entre el ser y el no-ser, la presencia y la ausencia. Como escribía Beckett: “Ser artista es fracasar como nadie más se atreve a fracasar.” Hodges acepta este fracaso necesario dejando sus figuras en un estado de incompletitud que es paradójicamente su forma más acabada.

Las escenas de tenis, tan recurrentes en su obra, adquieren bajo esta luz beckettiana una dimensión existencial. El vaivén de la pelota, las posturas de los jugadores, todo evoca el ritmo y las repeticiones características del teatro de Beckett. En “On Your Mark: Lean In”, los atletas parecen atrapados en una coreografía absurda y sublime, como Vladimir y Estragón esperando a Godot en su banco.

Esta dimensión teatral no es sorprendente cuando sabemos que Hodges estudió teatro en la Universidad de Kansas. Pero lo que resulta notable es la manera en que traslada las cuestiones beckettianas al ámbito visual. Sus figuras son como actores congelados en un gesto, pero un gesto que contiene toda una historia, todo un mundo de posibilidades.

Las series recientes como “The Reckoning” (2023) llevan aún más lejos esta exploración de la identidad y la representación. Las figuras que se observan en espejos sin que podamos ver su reflejo son como metáforas de nuestra propia búsqueda de identidad. Nos recuerdan que siempre somos en parte invisibles para nosotros mismos, que nuestra identidad se construye en ese espacio ambiguo entre lo que vemos y lo que se nos escapa.

La técnica misma de Hodges se convierte en una metáfora de esta búsqueda identitaria. Empezando desde el negro total antes de hacer emerger sus figuras en una niebla de colores, reproduce el proceso mismo de la construcción del yo. Todos emergemos de una forma de oscuridad originaria, nos construimos por toques sucesivos, nunca completamente definidos, siempre en devenir.

Lo que resulta particularmente interesante en su trabajo reciente es la manera en que usa el color para crear espacios de posibilidad. Sus tonos pastel, sus verdes tiernos, sus rosas delicados que emergen del negro no son simplemente decorativos. Crean atmósferas, ambientes que nos transportan a ese espacio incierto entre memoria y percepción. Es como si cada lienzo fuera una cámara oscura donde se desarrollan lentamente las imágenes de nuestra conciencia colectiva.

En “Labor: Sound Bath” (2022), una figura casi indistinguible emerge de un paisaje verdeante. La escena podría ser banal, un trabajador en un campo, pero la manera en que Hodges la trata la transforma en una meditación sobre nuestra relación con la tierra, el trabajo, la memoria. El propio título sugiere una fusión entre lo físico y lo espiritual, el trabajo y la contemplación.

Las últimas obras presentadas en el Parrish Art Museum muestran una fascinante evolución de su práctica. La monumentalidad de los formatos contrasta con la delicadeza del tratamiento pictórico. Es como si Hodges buscara crear espacios cada vez más vastos para nuestra imaginación, territorios donde la memoria personal pueda desplegarse libremente.

Lo que me impresiona especialmente es la absoluta coherencia de su enfoque. Desde sus primeras obras hasta sus producciones más recientes, Hodges no ha dejado de profundizar en sus cuestionamientos sobre la percepción, la memoria y la identidad. Pero esta coherencia nunca es repetición. Cada nueva serie aporta su carga de descubrimientos, sorpresas, innovaciones técnicas y conceptuales.

Ya puedo oír a algunos de ustedes susurrar que todo esto es muy intelectual. Pero esa es precisamente la fuerza de Hodges: logra crear obras que funcionan en varios niveles. Sus lienzos son inmediatamente atractivos por su belleza formal, su dominio técnico, su uso sutil del color. Pero también se abren a lecturas más profundas, más complejas, que siempre nos llevan a cuestiones esenciales sobre nuestra forma de estar en el mundo.

Así que sí, mirad bien lo que hace Reggie Burrows Hodges. Porque no pinta simplemente imágenes, crea experiencias. Experiencias que nos recuerdan que ver nunca es un acto pasivo, que la memoria nunca es simplemente un almacenamiento de información, y que la identidad nunca está completamente fijada. En un mundo obsesionado con la claridad y la definición, su trabajo nos recuerda el valor de la ambigüedad, del misterio, de lo inacabado. Y quizás esa sea su mayor logro: hacernos ver el mundo de otra manera, hacernos sentir la profundidad vertiginosa que se esconde detrás de cada apariencia.

Su éxito creciente en la escena internacional no es por tanto una moda, sino el reconocimiento de una visión artística profundamente original y necesaria. Las instituciones que adquieren sus obras no se han equivocado: Hodges está redefiniendo las posibilidades de la pintura contemporánea. Y lo hace con una elegancia, una sutileza y una profundidad que hacen de él uno de los artistas más apasionantes de su generación.

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Referencia(s)

Reggie BURROWS HODGES (1965)
Nombre: Reggie
Apellido: BURROWS HODGES
Género: Masculino
Nacionalidad(es):

  • Estados Unidos

Edad: 60 años (2025)

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